Supongo que para los lectores, vivir y dormir una noche en un barco de la Edad Media, sino es completamente desconocido, no lo han vivido.
Para el grumete Antonio de Osuna también fue una experiencia nueva. En la noche sólo hay oscuridad. En el barco, lo único que se queda encendido son los dos fogones que hay en la cocina, una vela que ilumina al piloto en el navegar de la nave y algún que otro farol de cristal en sitios estratégicos. Rodeada de tanta agua, llama la atención que el mayor peligro para un barco era el incendio. Lo normal era la oscuridad total. Al menos, cuando se asomaba la luna, ayudaba al transitar por el barco. Y el silencio.
Pero no todo era malo. Los marineros tenían que dormir en cubierta, en proa, sobre sacos llenos de paja, vestidos con la ropa que utilizaran para dormir y con sus pertenencias, metidas en baúles, como cabecera de cama. A Antonio le gustaba colocarse boca arriba y mirar las innumerables estrellas que veía. Eso le hacía pensar, y como le decía siempre
Gonzalo el calafate, era malo en un barco.
Esa noche el silencio era mayor de lo de costumbre. Se quiso dormir pronto, ya que le tocaba guardia de modorra y tenía que ayudar a un marinero con la cala. Por mucho que lo intentaba, no se podía dormir. Ni él, ni ninguno de lo que estaban en la nao. El nerviosismo se propagaba entre los marineros inquietos que dormían en cubierta.
El suceso del día anterior había alarmado mucho a toda la tripulación. Sobretodo cuando el contramaestre, antes de anochecer y de disponerse a dormir, mandó a atar todas las pertenencias de los marineros al barco. También había ordenado poner todas las bombas de achique en funcionamiento y el calafate, ahora dormido al lado de él, tuvo que repasar todo el casco de la nao. El artillero también tuvo que poner las armas a punto y esa noche tenía orden de permanecer en su puesto. Eso no tranquilizaba mucho.
Tampoco nuestro piloto daba confianza. Se llevó todo lo que había discurrido de noche mirando al mar con el catalejo. A los grumetes que estaban con los marineros en las calas, los hacía llamar hasta el puente, le daba instrucciones, comentaban algo (seguramente del calado) y volvían a su puesto. Aunque el mar estaba en calma, hoy el piloto se dedicó a hacer cambios bruscos de dirección. Acostumbrados no hace muy poco a la vida en el mar, esos cambios hizo que muchos
vomitarán e hicieran el ambiente más tenso todavía.
Quedarían un par de horas para su relevo, cuando Antonio se durmió. Por poco tiempo porque al cuarto de hora, el piloto daba la voz de alarma. El Contramaestre subió al puente desde proa con una velocidad inédita. Todos los marineros se levantaron y cada uno miraba al mar desde cubierta en direcciones distintas. Había un gran desconcierto.
El piloto viró el barco hacia babor, lo que hizo que algunos
resbalaran. El artillero, también subió al puente y se unió a la
discusión que tenía el piloto y el Contramaestre.
Diedo de Morales, el contra maestre, era un hombre experimentado y que siempre mantenía el control de la situación. Pero verlo hoy no era igual. La
discusión con el piloto era muy tensa.
- Fernando, ¿
Dime que has visto?- decía, arcabuz en mano.
- Lo mismo que esta tarde, lleva toda la noche
siguiéndonos sea lo que sea, Diego- decía el pobre piloto.
- ¿Por dónde?
indícamelo y
dame tu catalejo- decía un histérico Diego de Morales, a la par que le quitaba el catalejo de la mano y lo empujaba hacia la barandilla del puente para que le señalara.
El artillero tampoco le daba tregua al pobre piloto. Mientras el Contramaestre miraba, el artillero zarandeaba al piloto para que le dijera dónde lo había visto.
Mientras,
Gonzalo llevó a Antonio a la puerta de la armería.
- Cuando me den el arcabuz, tú cogerás las balas y la pólvora y me ayudarás a cargarla. Toma,
átate al barco por esa barandilla.- dijo dándole una cuerda.
Desde los camarotes se escuchaba pasos acelerados hasta que salió por la puerta el Maestre y el Piloto Mayor. Los marineros se quedaron más tranquilo y a la
expectativa. Ellos resolverían la situación.
Pero no
dio tiempo. Justo cuando salieron a cubierta, el barco recibió un porrazo. Los marineros notaron como si el barco se hubiera levantado y hubiera caído otra vez al agua. El crujido del barco fue espeluznante. Cuando Antonio volvió a abrir los ojos
vio que muchos marineros luchaban por no caerse al mar. Al maestre no lo veía y el Piloto Mayor tenía una gran brecha en la cabeza que parecía una catarata de sangre.
-No te desates, voy a abajo a ver que se puede hacer.- Dijo
Gonzalo bajando a la bodega.
Antonio se quedó solo. Escuchó dos disparos. Provenían del puente. Aunque no veía nada, sabía que los que estaban allí, estaban bien. Antonio se desató y fue hacia el Piloto Mayor. Estaba dando tumbos, lo cogió y bajó hacia su camarote con él.
- Gracias, chico.- Fue lo único que se le podía entender.
El griterío era colosal. Desde el camarote se escuchaba todo. Antonio lo dejó en su cama y subió.
Justo antes de subir, hubo otro golpe y un
rugido. Una vez se incorporó, subió a cubierta. Allí vio como algo con tentáculos se llevaba a un compañero suyo. Fue hacia la armería y buscó un arpón. Cuando lo encontró, ya ese marinero se lo habían llevado y otro parecía correr igual suerte. Salió corriendo, gritó y cuando se acercaba al bicho, el barco se inclinó hacia ese lado. A Antonio se le soltó el arpón y cogió una cuerda para agarrarse. Ahora el barco estaba volcado unos noventa grados. Antonio veía el mar a sus pies. También a sus compañeros en el agua y al pulpo gigante causante de todo. Un tentáculo agarró la barandilla que estaba más alta, tiró para él y el barco se dio la vuelta. Todo fue oscuridad para Antonio.
Cuando Antonio abrió los ojos estaba en una playa. Había resto del barco por todas partes. Y de marineros. Se levantó y fue uno a uno buscando a algún superviviente. Cojeaba de la pierna derecha pero eso le daba igual, estaba vivo. Muchos de los marineros estaban muertos. También había partes de ellos que no reconocía. Tampoco encontró comida. Solo madera y esos pocos marineros. A lo lejos oyó un quejido. Era
Gonzalo. Salió corriendo.
- ¡Gracias a Dios!- dijo
Gonzalo-.
Ayúdame a levantarme. La pierna la tenía partida y el dolor no dejó que se levantara.
Antonio fue a coger algunas tablas para inmovilizarle la pierna. Cuando estaba de vuelta, se
encontró que
Gonzalo no estaba sólo. Un grupo de indígenas lo rodeaban. Iba armados con pequeñas lanzas pero no parecían agresivo. Antes de reaccionar, aparecieron por la espalda suya otros dos y lo guiaron hacia el resto.
- No entiende nuestra lengua pero parecen que son inofensivos.- dijo
Gonzalo.
- Es la primera vez que veo a un... negro.
- Tranquilo, parece que mis señas las entienden. Uno de ellos me ha vendado la pierna.
Uno de los indígenas, le hizo unas señas raras mientras que hablaba su dialecto. De momento se lo llevaron a su poblado, a la presencia del jefe de la tribu. Tras una gran explicación por parte de los que lo encontraron,
Gonzalo y el mismo jefe parecía que todo se aclaró.
Por la noche, les dieron una gran fiesta. Comieron y bebieron de todo. El jefe de la tribu hizo una especia de baile para ellos.
Gonzalo estuvo bailando un rato hasta que calló al suelo dormido por la borrachera. A Antonio le pasó lo mismo.
Cuando se despertaron, estaban atados por las muñecas y espalda contra espalda. Estaban sentado en una balsa sin poderse mover en medio del mar. Antonio miraba hacia la playa. Veía a los indígenas, rezando una letanía que casi le hizo desmayar de nuevo.
Gonzalo tuvo más suerte. Él no veía la playa pero vio a lo que estaba llamando los indígenas. Un gran pulpo gigante se aproximaba hacia ellos...