viernes, 17 de octubre de 2008

El Santa Catalina. Capitulo 1 de 2.

A lo lejos en el horizonte, va navegando el Santa Catalina. Deslizándose sobre las olas del mar. El mar no estaba muy bravío pero, incluso así, se escuchaba el crujir de la madera.

Si nos acercásemos, veríamos una espectacular Nao de ciento seis toneladas. Los dieciocho metros de eslora que mide parece inmenso cuando está atado en el puerto. Ahora, en la inmensidad de la mar y con unos diez días de navegación, para sus ocupantes es demasiado pequeño y angosto.

Eso tendría que pensar el grumete Antonio de Osuna. A su pequeña edad de once años había salido de su pueblo, había visto Sevilla, los barcos de cerca y ahora navegaba por el mar. Esperaba que su padre diera buena cuenta de los seiscientos maravedíes que habían pagado por él. Eso ya no importaba. Lo que importaba era regresar. Barrer y limpiar no era divertido, y era lo único que le dejaban hacer, menos cuando podía jugar a cazar ratas o le pedían que cantase.

- Pensar tanto es malo, ursaonense.- dijo un señor mayor-. Entra hambre y eso no es bueno.
- Sí, don Gonzalo.

Gonzalo el calafates era muy buena persona. Algo loco, pero es normal si te llevas toda tu vida encargado de la estanqueidad del barco. La brea le estaba comiendo el coco. También era de los pocos que lo respetaban, otros intentaban cosas extrañas por las noches.

-¡Hay algo a estribor!- gritó Martín 'El Sanluqueño', el vigía.

Todo el mundo se dirigió a la parte derecha del barco para poder avistar algo. La vida en el barco era tan aburrida que cualquier cosa llamaba la atención. Los casi cincuenta tripulantes estábamos en cubierta.

-¡Atrás, gandules! Cualquier excusa es buena para dejar de trabajar.
Ese era Juan de Guadalupe, nuestro maestre. Gritaba desde el puente. Gritaba mucho.

-Ya habéis oído, apartaos todos.- Ese era Diego de Morales, nuestro contramaestre.

El vigía bajó del mástil y se dirigió al puente.

Cuando dejaron mirar a Antonio de Osuna, vio un gran bulto que navegaba a la par de la embarcación a unos treinta metros.

-¡Es un pulpo gigante! ¡Nos comerá a todos!
Fue lo último que dijo Fernando antes de recibir un culatazo del arcabuz de Diego de Morales.
- Quién diga otra cosa como esta, estará quince días viviendo con los cerdos.

El Maestre no dijo nada. El vigía volvió a su sitio y el silencio se hizo presa de nosotros. El piloto estuvo maniobrando alejándose del bulto hasta que, cuando caía la tarde, desapareció.

Todos estaban preocupados y esperaban que la noche fuera tranquila.

1 comentario:

M dijo...

Argh, quiero más XD